Me dispuse a escribir una de mis portentosas entradas pero, en cuanto hube abierto el explorador de internet presta la interfaz de blogger, se apoderó de mí un sueño horroroso y estrepitoso que obligárame a cerrar los ojos exenta la menor oposición.
Sé que no podría culparme por haberme quedado dormido en aquella situación. De mis marcadas somnolencias a deshoras bien habrían de responsabilizarse los tres reyes magos, culpables éstos de haberme agasajado tiempo atrás con una silla comodísima, extrañamente capaz de narcotizar mi mente. Culpable además el malintencionado inventor del calefactor eléctrico que tan ruidosamente templaba la sala en aquel momento; y digo bien, malintencionado éste pues, por haberle dotado de un sonido unicamente comparable a los etéreos cánticos vespertinos de Morfeo. Por todo este cúmulo de despropósitos barbitúricos, no era de extrañar que pronto me viera inmerso en un profundo océano de sueños, guiados por el rincón más irracional de mi ofuscada mente.


Y una vez hube soñado, desperté sin recordar absolutamente nada.

Lo Absurdo # 1

Le abrieron el torso en canal para extraerle sus intestinos. Una vez los hubieron esparcido por el suelo, se dedicaron a pisotearlos con una mala saña inaudita incluso para ellos mismos.
Acto seguido, le devolvieron las tripas a su sitio y le cosieron.
Desde entonces no come.
Teme que le siente mal.


# 25/12/11

Las cenas copiosas, los villancicos, los interminablemente aburridos programas de televisión, las luces del árbol de navidad, el turrón, los días de fiesta y hasta los eventos familiares. Todo me sabe a poco. Quizá sea porque, ahora que me estoy haciendo viejo, los recuerdos navideños de la niñez (o la niñez en si) suponen para mí un listón que nunca podré alcanzar de nuevo; quizá, simplemente, que hay algo que me falta para que todo acabe de encajar. Sea lo que sea, el sabor sigue siendo igualmente amargo.

Mientras tanto cotinuamos remando, conscientes de alejarnos cada vez más de la orilla.

Cartas desde el Inframundo (V)

-Hola, ¿cómo te llamas?- Dijo él-.
-No tengo nombre.- Dijo ella, etérea-.
-¿No tienes nombre?; entonces, ¿cómo te llamaré?
-Supongo que no podrás llamarme.
-¿No podré llamarte?
-Supongo que no...
-Pero yo quiero llamarte...
-Y yo quiero que me llames...
-¿De verdad?
-Sí. Ojalá tuviera un nombre que pudieras pronunciar una y mil veces. Me encantaría poder oírme en tus labios.
-¿Qué haremos entonces?
-No lo sé...
-¿Qué haremos entonces...?
-...


Los enormes ventanales estallaron en mil fragmentos de cristal por la presión de las aguas, que comenzaron a inundar la sala. El ruido de las corrientes penetrando en cada rincón de la estancia y derribándolo todo a su paso era ensordecedor. Los butacones del club fueron arrastrados violentamente por la marea, junto con las mesas y todo lo que descansaba segundos antes encima de ellas. Mirara donde mirase, podía encontrar tazas de té y copas de diseño, finos cubiertos de plata y pequeños platos adornados con un reborde dorado. Los candelabros bañados en plata podían distinguirse llamativamente bajo las aguas ya que, aun sumergidos, la llama de su vela continuaba encendida.
Todo el mundo corría despavorido, tratando inútilmente de salvarse. Hasta los músicos habían abandonado su lugar en el escenario, dejando atrás sus preciados instrumentos, ahora a merced de la riada.
Todo el mundo huía.
Todos, menos ella.
De pie en mitad de la tarima, me contemplaba fijamente, con la misma mirada que me dedicaba cada noche mientras duraba su actuación. Sé que ella sabía exactamente lo que yo sentía.

Me levanté de mi butaca, y dejé el dinero de mi cuenta sobre la mesa, que no tardó en ser arrastrada por el agua. Caminé hasta el centro de aquella sala, y me tomé unos instantes. A mi alrededor, los gritos de aquellos que se ahogaban en las aguas. Suspiré. La forma más rápida de despertar siempre fue morir durante el sueño. Me giré frente a ella, y compartimos una última mirada. Entonces su expresión cambió. "No lo sé", murmuró.


Los gritos se apagaron.





-5-