Davidopoulos (1)

Me gustaría vivir solo. Eso haría que me pudiese expresar de manera diferente. Haría las cosas de otro modo, actuaría de manera diferente. Me abriría más. Sería más yo.
Mi casa sería un reflejo de mí mismo, en constante construcción.
Otra forma de ver el mundo.
Mi forma de ver el mundo.
Pero no vivo así. Y aunque quizá podría aplicar ese concepto de expresión en la casa de mis padres, elijo no hacerlo. Tal vez porque su opinión pudiese ser una limitación. O simplemente porque estoy seguro de que yo elegiría distanciarme de los límites preestablecidos y actuar de una manera poco "convencional". Vivir solo me daría libertad para poder hacer, siendo el único responsable y partícipe de mis actos.

Me gustaría vivir solo. Y así todo sería diferente. Incluído yo.
¿Qué hago con todo eso, lo meto en una caja y espero?
Eso para mí sería la motivación que no tengo: expresarme.
¿Y ahora qué?

"Pero no volverás a tener 21 años, tienes que aprovecharlo"
"Tú... ¿qué haces con tu vida?, ¿nada?"


Ahora me acuesto y mañana será otro día exactamente igual que este.

Cartas desde el Inframundo II


-¿Cuántos ojos tienes?

-Demasiados, a cada palmo de oscuridad; el número suficiente como para plantearme el haber caído en la ceguera.
-Si tantos ojos posees, entonces deberías ser capaz de ver incluso mis propios pensamientos, ¿no crees?
-No puedo ver nada en ti.
-Quizá no sean los ojos lo que debas usar.

-¿Cuántos oídos tienes?
-Uno a cada paso, desplazándose con el viento. Oigo, pero no soy capaz de escuchar.
-¿Si tu oído levita con cada pulso, deberías poder distinguir cada una de mis palabras.
-No consigo entenderte.
-Quizá no sea con tus oídos con lo que debas escuchar.

-¿Sientes mi piel?
-...
-¿Tienes miedo? Siénteme


Llueve.
Y tú caes con cada una de las gotas de lluvia. Sobre mí.
Resbalas por cada suspiro de mi cuerpo. A cada palmo de mi piel. Como una caricia.
Me recorres. Me envuelves. Me impregnas. Me sumerges. Me acoges. En ti.

Pero tengo frío aquí fuera.
Y tiemblo.

Puedo ver cada gota de lluvia. Puedo escuchar cada golpe de cada lágrima.
Y guardo silencio.

-2-

Nada que decir


Permanezco de pie en mitad de ninguna parte, observando un vacío que me habla de ti.
¿Y si fueras real?

-¿Si fuera real el qué? -mi psicólogo particular me miraba con un gesto de aparente inquietud-. ¿Davidopoulos...?
-Nada; nada, tan sólo... tan sólo pensaba en voz alta.
-Estoy aquí para ayudarle, eso lo sabe ¿verdad?; ¿por qué no me lo dice?
-No creo que haya nada que decir.
-De acuerdo, no hay problema. Cuénteme, ¿hay algún sueño que se le repita con más frecuencia últimamente?

Pensé en mentirle pero, en esta ocasión, sus ojos fueron demasiado rápidos.

Abro los ojos. Me encuentro en lo que parece ser una sala completamente vacía. La luz es ténue. A mis espaldas, una pequeña ventana permite que penetre en la estancia el tímido brillo plata de una enorme luna llena. Me acerco a la ventana.
En el exterior hay un enorme lago, de un negro profundo, donde se refleja la luna. Justo a unos metros, un largo y estrecho embarcadero de madera que se adentra en el lago. Hay alguien sentado al final del embarcadero, observando el cielo plagado de estrellas.

El suelo cruje detrás de mí; me giro. En el umbral de la puerta se encuentra ella. Me mira con expresión extraña, mientras sostiene algo entre sus manos. Es un pequeño corazón, de cristal.
Sus ojos se pierden, lejos, mientras una lágrima comienza a resbalar por su rostro. Entonces el corazón resbala de sus manos, golpeando contra el suelo y rompiéndose en mil pedazos. El estruendo es ensordecedor.
Comienza a correr, a través de la puerta. Intento ir tras ella pero resbalo en el suelo plagado de cristales y caigo. Al caer me apoyo en los fragmentos de corazón, que se clavan en mis manos. Comienzo a sangrar. Trato de ponerme en pie, y salgo por la puerta de la habitación, a un pasillo completamente a oscuras.
Unas pupilas rasgadas me observan.

-¿Desde cuándo tiene este sueño, Davidopoulos?
-Tengo la sensación de soñar ya con ello, incluso desde antes de poder recordarlo.
Esperó unos segundos, en los que no apartó sus ojos de mí.
-No han dejado de sangrar, ¿no es cierto?
Bajé la vista hacia mis manos, vendadas a conciencia.
Y guardé silencio.

Cartas desde el Inframundo I

Mueren las palabras -incrédulas-.
Mueren los gestos -efímeros-.
Mueren los pensamientos -inciertos-.
Mueren los sentimientos -perdidos-.

Mueres tú y todo lo que te rodea muere contigo.
Mueres tú y vuelves a nacer.

Pero yo únicamente poseo una vida.
Y la pierdo. En tí.

-1-