Nadie escucha

          
          "A dormir bien también se aprende", me dijo un día un Pequeño Monje Shaolín que habitaba en la Rivera del Río Oeste, al pie de la Ladera de la Montaña y el Valle Frondoso. Pero entiendo que eso a vosotros os traiga sin cuidado. Vosotros no mostráis interés por nada. Y a mí, vuestra abulia, me la trae floja.


          Levanté el auricular del teléfono pero no se escuchó nada. Nadie me había llamado. Pero Nadie era mudo. Y no podía hablar. Cuando Nadie llamaba por teléfono se dedicaba a darle pequeños golpecitos al plástico del auricular, tratando así de comunicarse por Morse. Nunca tuvimos certeza de esto, puesto que ninguno de nosotros sabía Morse. Cuando Nadie nos llamaba nosotros le respondíamos golpeando también el teléfono, aunque de forma arbitraria y sin sentido. No quisimos pensarlo nunca, pero era probable que Nadie se enfadara al ver que no seguíamos un discurso lógico, que simplemente le dábamos golpes al teléfono al tun-tún para matar el tiempo mientras él trataba de hablarnos. A mí, personalmente, me hacía gracia. Pero Nadie no se reía. No le dábamos ninguna clase de conversación, por lo que quizá el motivo por el que Nadie no cesara de llamarnos fuese únicamente porque se sentía solo. Igual que nos sentíamos nosotros.

          Cuando Nadie murió todos guardamos silencio. No dijimos ni una sola palabra en su entierro. Tan solo caminamos por encima de la losa con zapatos de claqué. Creímos que él lo entendería.




Voces nocturnas (I)


Ahora que me escucha menos gente, permito a mis letras que griten más que nunca. Mientras, arropados por una feliz y patética ignorancia, ellos duermen a pierna suelta ajenos al tumulto y el vocerío. 
Yo, en cambio, no puedo conciliar el sueño.


Entes expomásicas




          Se entiende como ente expomásica a todo aquello que aumenta su masa de manera exponencial, ya sea de forma concreta y objetiva como de manera abstracta o sensitiva. Dichas entes expomásicas aumentan de masa (y por consiguiente de peso) a lo largo del tiempo, pudiendo convertirse en cargas extremadamente elevadas en breves periodos del mismo. 

          No todas las entes expomásicas son reconocibles a simple vista, quedando las más comunes (las abstractas) inadvertidas para la mayoría de personas. Por norma general, el cambio másico experimentado suele producirse de forma brusca y sin previo aviso, acarreando numerosas complicaciones para quien esté relacionado directamente con fenómenos de este tipo. En esta clase de casos, las alteraciones más comunes son las siguientes: inestabilidad emocional, irascibilidad, tedio, actitud pesimista, negatividad, desinterés, rechazo, e inclusive la aparición de ciertos aspectos misántropos en la conducta.



Ellos y yo #1

       
          Odiaba la forma en que cerraba la puerta con llave. Me hacía sentir encerrado. Si creía que ya no saldría nadie de casa, cerraba con llave, ya fueran las doce de la noche o las siete de la tarde. Tan solo el gesto me enfadaba y me asqueaba a partes iguales. Mi mente lo percibía como una forma de dominación, de tenerlo todo perfectamente controlado. Una cadena que te sujetaba a las normas impuestas; una sutil forma de decirte que ya no debías salir, pues para ello era "demasido tarde". Sé que esto no era así, que no había tal dominación, y que simplemente se trataba de una costumbre, un hábito adquirido a lo largo de los años por un padre de familia un tanto maniático en ocasiones. Pero yo no podía evitar odiarlo. Quizá simplemente por el hecho de no contemplar la posibilidad de un cambio de planes; por ni siquiera valorar la posibilidad de salir de forma improvisada, de flexibilidad, de adaptación, de construcción. De aceptar como bueno lo que no esperas, de dejarte sorprender. Aquello era exactamente lo que yo necesitaba, y el sonido del cerrojo me anclaba en la costumbre y el conformismo.

          Volvieron de dar una vuelta y cerraron la puerta con llave. Apenas se habían ido un par de horas. Sus vueltas no acostumbraban a ser demasiado largas, raramente les encontrarías fuera de casa una vez hubiera anochecido. En el mismo momento en que entraron por la puerta, volví a esconder todos los demonios, mis demonios, que había dejado esparcidos por la casa. Su ausencia no me había traído libertad, pero reconoceré que tener la casa para mí me hacía sentir ligeramente aliviado. Una vez regresaban a casa, volvía a ocultarme en mi cuarto. Volvía a esconder lo que me alegraba y lo que me afligía. No les creía capaces de entender ni lo uno ni lo otro, siempre que se tratase de mí. Me molestaba que me viesen mal y me preguntasen qué me pasaba. Me molestaba que mi padre entrara entonces cada media hora a mi habitación y se me quedara mirando sin decir una palabra, con expresión de pena ficticia, sobreactuando de forma cómica. Sé que tomaban mis problemas como los de un niño, y los desacreditaban. Igual que hacían con mi criterio. Por eso nunca hablaba de nada que tuviera cierta relevancia con ellos, tanto lo bueno como lo malo.

          Oculté mis demonios, recogí los papeles que tenía en el salón y volví a mi cuarto. Fingí estar bien. No fue difícil, simplemente no dije nada y me encerré en mi habitación. Ellos tenían su vida fácil, y yo volvía a mi ocultismo habitual. Un día más.







El Fin del Mundo (Parte 2)


          A veces hay un amigo en mí que se pone nostálgico y le da por recordar cualquier tiempo pasado que siempre fue mejor. Recuerdo cuando era un niño, y mi mayor preocupación era que quitasen los Power Rangers de la parrilla televisiva. Iba al colegio, atendía a las dos clases de mierda que tenía, jugaba con mis amigos en el recreo, una hora de educación física, y a casa a comer. En casa veía Digimon mientras comía, por supuesto. Un zumito de naranja recién exprimido, una visita al señor roca y vuelta al colegio, a echar la tarde. Apenas hora y media y volvía a ser libre cual pajarillo que da cuerda al mundo. Entonces volvía a casa con mi madre, que me venía a buscar. Recuerdo que siempre tenía mucha sed durante el camino de vuelta, no sé por qué. Le di el coñazo a la mujer todos los días de colegio, repitiendo una y otra vez la misma frase hasta una saciedad que nunca llegó. "Mamá tengo sed, mamá tengo sed" decía. Pero por más que lo repetí jamás me convertí en Bocasecaman. De eso arrastro bastantes traumas, por cierto.
En casa merendaba viendo los Power Rangers (antes de que el Power Ranger rojo se hiciera actor de porno gay), o en su defecto el Chavo del Ocho. Comía pan con chocolate, como buen niño español que fui, y me pasaba buena parte de la tarde con el culo pegado en el sofá. Luego hacía los deberes y, para terminar, jugaba a la consola o con mis muñecos de acción. No me bañaba; en aquella época los niños no se ensuciaban tanto como ahora. Veía la telebasura de 22 a 23, y a las 23:15 como muy tarde mi madre me arrastraba a la cama. Me acostaba, dormía como un angelote, y hasta el día siguiente a las 8 de la mañana perdía la conciencia de mí mismo.

         Y era feliz. Con esto no quiero decir que ahora no lo sea, sino que probablemente la de ahora se trate de otro tipo de felicidad que te deja menos satisfecho. Es otra forma de vida que te deja un regusto a mierdecilla en el alma. Es un "sí pero no...", un "y mañana qué..." que hace que te preguntes a ti mismo por qué demonios no puede volver todo a ser como era antes. Pero no volverá. Y es por este motivo por lo que ese pequeño Davicete que llevo dentro de mí se queda despierto por las noches, hasta las tantas, esperando pacientemente en la puerta del colegio a que su madre venga a buscarle. Porque no sabe regresar a casa.




          Estaba exhausto de pedalear. Pericles era un colega, un colega de verdad, pero a la hora de llevarle en la cestita de la bicicleta, no podía obviar que se trataba de un mono. Y como buen mono, pesaba lo suyo. Pericles y yo nos habíamos detenido en mitad de un descampado cualquiera con el propósito de descansar un poco y, de forma más o menos improvisada, hacer noche allí. El factor noche era algo con lo que yo no había contado. No había cogido nada para acampar, ni una triste manta para mí; ni el más mínimo artículo de supervivencia de gran almacén de deportes. Únicamente iba con lo puesto en busca de mi sombra, sin tan siquiera la certeza de encontrarla allí donde se acabara el mundo. A todo el que se lo hubiera contado, le habría parecido una estupidez. Incluso a mí me parecía una locura ahora que había comenzado mi viaje. Pero no pensaba volver atrás. Si de verdad quería recuperar mi sombra y volver a reflejarme en la luz del sol, debía continuar adelante y hacerlo sin pensar en las consecuencias. Lo viera por donde lo viera, ser invisible a sus ojos era mucho peor que encontrarme perdido en mitad de la nada. Al menos en aquella nada yo perseguía algo, tenía un propósito. Y ese mismo propósito me conduciría de nuevo al mundo. Y a ella.

          Pericles accedió gustósamente a que yo me enrollara en la manta para así protegerme del frío de la noche. A medida que pasaba el tiempo, la temperatura bajaba cada vez más. Quizá fuera uno de los efectos secundarios de perder la sombra: irse poco a poco sumergiéndose en las tinieblas. Si esto era así, debía darme prisa, pronto la manta no sería suficiente. Quizá llegara a un extremo que hasta los moquillos de la nariz se me congelasen, y corriera el riesgo de cortarme con ellos. Estuve un rato largo pensando en esto, y la verdad es que le encontré cierto sentido real. "Pericles, espero encontrar mi sombra antes de que se me congelen los mocos y me atraviesen el cerebro"; le dije al mono, que me observaba lejano, inmerso en la escafandra de su traje de astronauta. Pero no contestó; tan solo apretó los labios e hizo una pedorreta.
Los dos nos tumbamos en el suelo. Yo coloqué la cestita a modo de almohada, y Pericles se quitó la escafandra y durmió con la cabeza en vilo. "A fin de cuentas, los monos no necesitan almohada" pensé. Quizá los monos parlantes que nunca hablaban tampoco la necesitasen.
Pericles cogió el sueño rápidamente; en cambio, yo estuve largo rato sin poder dormir. Aquel suelo de tierra y matojos era de lo más incómodo, sin contar la fauna de aquel lugar y los inquietantes ruidos de la noche. Por todas partes pululaban extraños insectos minúsculos que caminaban sobre dos patas, erguidos, como si fueran personas. Correteaban, cuchicheaban entre ellos y movían sus pequeñas antenas dirigiéndolas hacia mí, mirándome fijamente con unos enormes ojos negros. Pude escuchar alguna de sus conversaciones en las que hablaban de Pericles y de mí, de nuestra inesperada aparición en mitad de su descampado. No aparentaban sentirse complacidos con nuestra visita, pero tampoco intuí que tuvieran el valor necesario como para acercase a nosotros y chuparnos la sangre durante la noche. Tan solo eran unos insectos estúpidos contrariados porque alguien hubiera alterado sus vidas de bichos.

         Aguardé el sueño buscando estrellas en el cielo nocturno, esperando a que Morfeo me guiara lejos de allí. A las afueras de la ciudad era posible contemplar las estrellas, sin contaminación lumínica, polución, o una cúpula de metacrilato que nos protegiera de ataques alienígenas con cañones láser. Tumbado en aquel lugar podía contemplar cómo las estrellas brillaban en el cielo, titilando. Estuve largo rato mirando cómo se movían, cómo cambiaban de posición en el cielo, entremezclándose las unas con las otras. Se perseguían y se alejaban; se movían en círculos, en espiral, se volvían más grandes y más pequeñas. Se absorbían y se dividían, estallando las unas contra las otras. Pensé en cómo sería un mundo en el que las estrellas no se movieran, sino que siempre estuvieran quietas en el espacio, en la nada. Quizá, de haber vivido allí, hubiera tenido sensación de estancamiento, de parálisis. Alzaría la vista y alcanzaría siempre a distinguir las mismas estrellas a años luz de mí, el mismo cielo repitiéndome al oído noche tras noche la inmutabilidad del universo que me rodea. La ausencia de cambio, su estrangulamiento. Una voluntad encadenada y constreñida. Habría pasado los días con el sentimiento de vivir rodeado de una silenciosa extinción. Una muerte eterna. Tan solo pensarlo me hacía sentir preso en una celda minúscula, una caja cerrada, sin voluntad de moverme ni tan siquiera de responder. Me alegré de no vivir en aquel mundo. Incluso, me alegré de tener un mono parlante durmiendo a mi lado.


         Durante un instante mi vista se perdió entre el vaivén de luces en movimiento, que comenzaron a perder nitidez, desenfocándose. Quedé absorto en mí mismo. Por un segundo, todo lo que me rodeaba me resultó extraño. Todo llegó a parecerme ajeno, como sacado de algún singular cuento de hadas. Mis párpados se cerraron sin que yo pudiera oponerme. Caí dormido.





El Fin del Mundo (Parte 1)


          Y allí estaba yo, sentado en un parque cualquiera con Pericles a mi lado. No se puede decir que fuese una compañía cautivadora, ya que aunque Pericles fuera un mono parlante raramente se le escuchaba pronunciar una palabra; la mayor parte del tiempo únicamente me miraba, o se dedicaba a morder zapatillas de estar por casa. Es esta ocasión, estaba entretenido con un chupachups de cola, el cual duraría poco en ser engullido por sus grandes fauces simiescas.
En aquel parque había mucha gente disfrutando del sol pseudoveraniego. Todos eran felices y pispiretos por achicharrarse bajo el sol, como si fuera el súmmun de la vida. Mirara donde mirase, sólo veía chicos y chicas enloquecidos por los rayos ultravioleta. Incluso ella estaba allí, rodeada de gente de un planeta diferente al mío. Y es que en su pequeña galaxia existían planetas donde yo era tan irreal como un mono parlante.
Con ella viajando a años luz de mí, me parecía que mi cuerpo era translúcido. Los rayos de sol atravesaban mi piel, privándome incluso de mi propia sombra. Nadie me veía; ni siquiera yo era consciente de estar allí. Tan solo tenía a Pericles a mi lado, y algo me decía que Pericles ni siquiera era real.
        -¿A ti no te preocupa que no tengamos sombra?- le pregunté al mono. Pero no contestó. Me dio la sensación de que Pericles no sólo no entendió lo que quise decirle, sino que en realidad él nunca debió tener una sombra. En lugar del mono, fue el banco en el que estábamos sentados el que se dirigió a mí inesperadamente, con un tono de voz "resabiondo".
        -No se puede vivir sin sombra. Sin ella, la luz se escapa de nosotros y nos vuelve invisibles para los demás. Perdemos el brillo, perdemos el calor, y nos limitamos a vivir en un mundo gélido, ajenos a cualquiera e inmersos en nuestra propia oscuridad que, tarde o temprano, acaba por envolverlo todo.- La erudición y el "no sé qué" de su voz me dejó perplejo y asqueado a partes iguales.
        -¿Y tú cómo sabes eso, si sólo eres un banco estúpido al que día sí y día también le ponen culos repugnantes en la cara?- respondí, enfadado por la insinuación de lo que era un simple objeto de mobiliario.
        -Que te jodan- respondió el banco.
        -Que te jodan a ti- espeté yo.


          Poco después Pericles y yo volvimos a casa. Si era cierto lo que aquel estúpido banco del parque me había dicho, debía recuperar mi sombra y debía hacerlo pronto. No tenía ni idea de cuándo ni cómo había dejado de tener sombra. Probablemente la hubiera perdido en mi curso de Nastran-Patran, o quizá me la hubiera dejado olvidada junto con mi mochila en el autobús, y alguien me la hubiera robado. Quizá los zombies la hubiesen arrancado de mí en alguna de las últimas noches en que incluso la luna se ocultaba tras unas nubes negras. Quizá hubiese caído en alguno de los abismos que hay dentro de mí, y estuviese en el fondo de mis recuerdos esperando ser encontrada. Fuera como fuese, debía darme prisa en encontrarla, o una fría oscuridad acabaría por engullirlo todo. Le dije a Pericles que se preparara, que saldríamos a buscar nuestra sombra, a lo que él rápidamente respondió poniéndose su traje de astronauta y devolviendo sus zapatillas de estar por casa de su boca a sus pies. Pericles tenía una colección de trajes de lo más variopinta, y siempre que nos esperaba alguna aventura, elegía el más conveniente y elegante para el evento. No llegué a entender por qué en esta ocasión habría elegido el traje de astronauta, pero el amor y el cariño que le procesaba a mi pequeño amigo peludo hizo que obviara este pequeño matiz estético. A fin de cuentas, pensé, nadie se sorprendería si me viera caminar por la calle con un mono vestido con traje de astronauta ya que, sin mi sombra, ni siquiera nadie podría verme.

          Antes de salir, caímos en la cuenta de que en realidad no sabíamos a dónde nos dirigíamos. Porque aunque existían un montón de lugares donde hubiese podido perder mi sombra, no teníamos ni el menor indicio de dónde habría más probabilidad de encontrarla. Hubiéramos podido recorrernos el Inframundo de arriba a abajo, haber vuelto a asfixiarnos en el País de las Maravillas, haber buscado bajo el diván de alguna extraña consulta de psicología o habernos consumido una y otra vez en miles de sueños en los que la vida se desvanecía perdiéndose en el limbo. Pero por más que hubiéramos buscado en aquellos lugares, jamás habría tenido la certeza -ni siquiera verdadera fe- de que conociendo mi sombra como la conocía, ésta hubiera decidido aguardar mi regreso allí. Mi sombra debía estar en algún otro lugar donde se sintiese más segura, más cobijada. Debía estar escondida entre los brazos de alguien que solamente con un pequeño gesto consiguiera darle cuerda al mundo; con una mirada de complicidad; con una palabra, con un instante.
Estuvimos largo tiempo pensando, sin llegar a ninguna conclusión. Algo era claro: no podíamos permanecer allí plantados esperando que mi sombra apareciese, por lo que debíamos empezar a movernos. Sin un destino claro donde dirigirnos, sólo nos quedaban dos alternativas: una era dirigirnos hacia "ninguna parte"; si mi sombra no podía estar en ningún lugar que conociéramos, debíamos buscarla allí donde nunca hubiésemos estado, el algún lugar alejado del mundo y perdido de ojos ajenos. El único problema a esto, era que ni siquiera nosotros sabíamos llegar a ninguna parte, con lo cual ir hasta allí se convertía en poco menos que un imposible. Une vez en este punto, sólo nos quedaba buscar mi sombra más allá de todo, en lo que conocíamos como el Fin del Mundo. En realidad nadie sabía lo que había en el Fin del Mundo, y únicamente existían complicadas teorías matemáticas y dementes historias de locos que aseguraban haber llegado hasta allí. "Pronto, nosotros nos convertiremos en uno más de esos locos", pensé.


          Partimos de noche, mientras todo el mundo dormía. Puse una pequeña cestita en la parte delantera de mi bicicleta de nigga y senté allí a Pericles, tapado con una fina manta, porque por todos es bien conocido gracias a nuestras abuelas que por la noche "refresca", y es mejor abrigarse. Salimos de casa en mitad de la noche cual película E.T., escapando ambos dos, un hombre y un mono, en busca del Fin del Mundo.
Las calles estaban desiertas, lo que me permitió pedalear por la calzada y burlar la ley de tráfico saltándome los numerosos semáforos que me encontraba a mi paso. Tan sólo vimos un par de borrachos que celebraban la victoria de algún equipo de fútbol, alguna mujer de grandes pechos y poca ropa, y un niñato imbécil que parecía haberse equivocado de camino. Pasé por al lado del parque en el que Pericles y yo habíamos estado sentados unas horas antes, ahora desierto. Las risas se habían apagado, y tan sólo quedaban los restos de las bebidas que chicos y chicas habían traído durante la tarde. Las miradas y los comentarios se habían marchado tras deslizarse por los columpios, y habían vuelto a las estanterías donde se guardaban los dulces recuerdos de unas vidas bien colocaditas y libres de todo y de todos. Permanecí unos instantes buscándola a ella de forma inconsciente. Obviamente ya no estaba allí, se había marchado. Sin mí.

          Las estrellas brillaban cada vez más en el cielo según nos íbamos alejando de la civilización por perdidos caminos de tierra rodeados de campos de cultivos y carreteras. Apenas había luz artificial, y mi bicicleta únicamente contaba con un par de leds que, más que para ver, servían para ser visto, lo cual no ayudaba a evitar los baches y agujeros que se sucedían constantemente a nuestro paso y que dejaban dolorido mi preciado culo. Pericles y yo permanecimos en silencio durante todo el camino; yo, pedaleando con esfuerzo; Pericles, tapado con la manta en la cestita de la parte delantera de mi bicicleta. Únicamente escuchábamos el sonido de las ruedas deslizándose por la arena, comprimiendo las piedras a nuestro paso, y el ruido sordo de los bichos y las culebras que se escondían entre los matojos de hierba muerta que rodeaba el camino.
No tardé en fatigarme y comenzar a jadear. Pericles era un mono, pero bien podría pesar lo mismo que un niño gordo con tetas, y aunque hacía empeño de no moverse en la cesta, subir las cuestas con un simio resultaba más complicado de lo que podría parecer a priori. Aunque Pericles era un mono parlante no solía pronunciar una palabra. Es cierto que yo no hubiera podido mantener una conversación y permanecer pedaleando al mismo tiempo sin desmayarme por el camino, pero durante las primeras horas de viaje llegué a sentirme verdaderamente solo.




        Sin sombra descubrí que el tiempo no transcurría de la misma forma. Hacía horas que habíamos partido hacia el Fin del Mundo y no había signos visibles del alba. "Puede que mañana no vuelva a amanecer" había pensado innumerables veces, y era cierto que a partir de aquel lugar, Pericles y yo viviríamos en una noche constante. Como partimos de forma repentina no tuvimos tiempo de dormir y aunar fuerzas para la marcha, por lo que pronto el cansancio hizo mella en mí y no nos quedó otra opción que detenernos a descansar. Una vez hubimos perdido de vista toda carretera y civilización, paramos en un descampado y montamos un pequeño campamento improvisado.