Yo tenía el cubilete rosa. Todo el mundo sabe que el cubilete rosa es el cubilete ganador, por eso lo escogí. Metí los dados dentro, lo sacudí con fuerza sobre la palma de mi mano y lo destapé de golpe. Los dados marcaron un uno y un nueve. Caí en la casilla del miércoles, y pude saltar directamente a la del jueves. Lo hice deprisa, era mejor no pensar y mover la ficha casi de forma inconsciente. Después, volví a meter los dados en el cubilete y tiré de nuevo. No recuerdo lo que salió, pero no me importa. Tan sólo volví a mover la ficha lo más rápido que pude, sin levantar la vista del tablero. Una vez hubo terminado mi turno, suspiré y alcé los ojos lentamente. Era el turno de Pericles. Pero Pericles era un mono. Y no sabía jugar.
Los martes a la sombra
Desperté en mi cama. Solo no; con un paquete de galletas bajo la almohada. Me incorporé en mi lecho, y observé detenidamente y con gran asombro el pequeño y cuidado paquete de cookies de chocolate que me había regalado el caprichoso destino de los cojones. No tenía ni idea de cómo habían llegado hasta allí, ni de por qué no me había clavado antes el paquete en la cabeza mientras dormía, teniendo en cuenta su voluptuosa tercera dimensión. Saqué una de las galletas de su cárcel de cartón y plástico, la examiné clínicamente, y me la introduje en la boca con gesto decidido, como si tuviera que demostrarle al mundo que era un machote, el hombretón de la casa que no era casa. Poco después de que la crujiente galleta y su dulce sabor chocolateado inundaran mi plebeyo paladar de bufón, tuve la sensación de que había algo más entre los ingredientes aquél, mi tibio manjar vespertino. De la boca me saqué un pedacito de papel, a modo de galleta de la fortuna china, en el que había grabados unos intrigantes caracteres occidentales -y aclaro occidentales, ya que de haber sido de cualquier otra forma, me habría resultado imposible leer el citado mensaje, aun siendo evidente mi erudición milenaria-. Extendí el papel, entorné los ojos y leí con voz suave: "El mundo se va a acabar". Acto seguido, arrugué el maltrecho pedazo de papel inservible, y lo arrojé a la papelera que no tengo de un cuarto que no era mío.
Me duché, admiré mis genitales, me vestí y me dispuse a salir de casa. Justo delante de la puerta de la casa descubrí que había un foso sin fondo, que presumiblemente, pensé yo, conectaría con el otro lado del mundo. Me agarré al pomo exterior de la puerta -únicamente al pomo-, y haciendo un esfuerzo sobrehumano no carente de técnica y habilidad, salté el Foso del Destino. "Joder, a ver cuándo ponen barrotes" pensé. En ese instante me detuve, levanté la cabeza extrañado y dije en voz alta "pero qué cojones estoy pensando...?" Me giré, pero ya no había foso delante de la casa, sino un jardincito de florecillas silvestres con pequeños pitufos de color azul y gorros blancos. De hecho, uno de ellos se acercó corriendo hasta mí con sus pequeñas patitas y me dijo: "eres un gilipollas", así como lo estáis leyendo, pero con la voz pitufada. Sí, así. Lo miré durante unos segundos mientras éste me increpaba con el dedo corazón de ambas manos, hasta que, sin mediar palabra, lo aplasté de un pisotón. "Por hijo puta", dije. Y continué mi camino.
Poco después llegué a un banco cualquiera de un parque cualquiera y me senté. El banco estaba a la sombra. No sabía qué día era, así que le pregunté al banco: "disculpe, señor banco, podría decirme qué día es hoy?" "Que te jodan" respondió el banco. Miré mi móvil sin Internet y vi que era martes. Y allí estaba yo, un martes, sentado en aquel banco, a la sombra. Un martes a la sombra.
Los lunes al sol
Dedicado a: @Cursi_va "Los lunes no me molan"
Desperté en mi cama. Solo. Me dolía la cabeza, por lo que supuse sin ninguna dificultad cerebral e intuitiva, que alguien habría debido darme con un objeto contundente en la cabeza durante mi pasada época vespertina, provocándome para mis adentros un período de inconsciencia temporal. Algún hijo de puta, pensé. Me incorporé rápidamente en mi cama, justo en el momento en que una forma humanoide atravesaba la puerta principal de mi habitación produciéndome un contenido ataque nervioso y de ira. "Hola" dijo con recochineo el extraño ser de color verde planta, escuchimizado, con el pelo muerto, ojos enormes y sucios, y unas manos viscosas de dedos alargados como los penes característicos de hombres de raza negra. En ese mismo momento que el puto ser andrógino que se encontraba de pie en mi puerta violó mi intimidad y mi santuario personal, caí en la cuenta de que aquella cosa no tenía respeto por nada. El extraño espécimen me contrarió. Acto seguido me inspiró pena. Acto seguido me inspiró envidia. Acto seguido me inspiró para un libro. Acto seguido me inspiró asco. Entonces fue cuando decidí, sin atisbo de duda alguno, aferrarme al arma de fuego que todos los norteamericanos guardan bajo la almohada y dispararle repetidamente en el recinto craneal. Instantes después, mientras el bicho yacía en el suelo y atravesaba el infierno galáctico, y sin yo sentir absolutamente nada, me volví a acostar y me dormí.
Desperté en mi cama. A las puertas de mi habitación había lo que a priori parecía un alien muerto. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Creí haber matado a aquel monstruo, aunque no lo recordaba a ciencia cierta, por lo que ante la incipiente duda me sentí triste y apenado. Me vestí, desayuné leche con galletas príncipe, fui a una tienda de libros, subí hasta la sección de autoayuda y comencé a leer. Retwiteé todas las frases que me parecieron alta, estúpida y falsamente moralizantes, y cuando llegué a los 20.000 followers me sentí mucho mejor. Tanto es así, que decidí colgar una foto mía con la más radiante de mis sonrisas en facebook. Todo el mundo me comentó estupideces que no me importaban una puta mierda. Posteriormente la colgué en tuenti. Todo el mundo comentó estupideces a mi espalda que no me importaban una puta mierda. Apagué los datos del móvil, fui a los baños del establecimiento, y arrojé el aparato al interior del Inodoro del Destino, que desapareció chillando y blasfemando mientras viajaba cañerías abajo. Había perdido "Whassapp" y sus emoticonos, y ahora me sentía más sólo que nunca en este mundo de núcleos cerebrales que tratan de imitar a otros núcleos cerebrales. Yo ni era un núcleo ni tenía cerebro. Tan solo andaba perdido.
Salí de la librería, caminé durante horas que parecieron días que parecieron semanas que parecieron meses que parecieron ciclos astrales, y me senté en un banco en un parque cualquiera. Había olvidado qué día era hoy, así que me acerqué a un perro que meaba en un árbol. "¿Disculpe, podría decirme qué día es hoy?" le pregunté al ejemplar canino. Luego recordé que los perros no sabían hablar. Qué putada.
Volví a mi banco y me recosté. "Yo sé qué día es hoy..." dijo suave y timidamente el banco del parque. "Y a quién le importa", respondí con toda la bordería y el desprecio que mi corazón era capaz de ahunar.
Volví a mi banco y me recosté. "Yo sé qué día es hoy..." dijo suave y timidamente el banco del parque. "Y a quién le importa", respondí con toda la bordería y el desprecio que mi corazón era capaz de ahunar.
Estaba nublado. Como no tenía nada que hacer con mi vida y lo que tenía que hacer no me resultaba ni siquiera míseramente gratificante, decidí prestar atención a la gente tan dispar que pasaba por delante de mí y de mi vergonzoso banco parlante. Un hombre barra vendedor ambulante con un carrito lleno de chicles, pipas, chocolatinas y gominolas se detuvo durante unos instantes a escasos metros. Le oí hablar por el móvil "... los chicles están duros, las pipas rancias, las chocolatinas derretidas y las gominolas no saben a nada... pero a mí me gustan así, ¿por qué al resto del mundo no?". Aquello me dio qué pensar. De soslayo, continué escuchando la conversación en busca de más sabiduría callejera, pero el resto fue de contenido sexual altamente censurable, por lo que no lo incluiré aquí. Cuando el vendedor se hubo ido, apareció un hombre con un gorro de esquimal y una estufa en la mano. Él ni siquiera me miró, sino que continuó andando como si su aspecto fuera completamente normal en una civilización civilizadamente civilizada como es la nuestra, por lo que no le daré más importancia en estas lineas que la que se merecería un simple suceso casual e inesperado.
Cuando creí que moriría de tedio sentado en aquel banco, antiguo psicólogo del blog apareció y quería luchar. Se sentó a mi lado en el banco parlante sin amigos. El hombre de los psicotrópicos venía acompañado de un particular mono que me resultaba extrañamente familiar. De haber tenido que vaticinar un nombre para el animal, habría respondido sin dudar: "Pericles".
-¿Cómo te va?- Preguntó el psicólogo sin mirarme a la cara en ningún momento.
-Bueno... supongo que no me puedo quejar.
-Tú siempre te quejas.
-Eso dicen.
-¿Y les crees?
-¿Les creería usted?
En ese momento un cubo de rubick pasó corriendo por delante de mí, con sus pequeñas patitas y sus pequeños bracitos moviéndose de forma acompasada, quasi hipnótica. El mono hizo ademán de ir tras el cubo, pero el psicólogo lo evitó agarrándole de la mano izquierda. En ella, el simio llevaba un reloj de sol. "Inútil, dado que estaba nublado", pensé. Me asombré de mi capacidad cognitiva. Instantes después, escuché un tropel de gente aproximándose a mí desde todas partes.
Suspiré.
De repente, mi psicólogo sacó una pequeña linterna del bolsillo de su camisa y me apuntó con ella directamente a los ojos.
-Que sea rápido- dije.
-Tranquilo, no te dolerá- respondió él.
Aquello me resultó excepcionalmente molesto. Tan molesto como un puto alien sin respeto por nada, una mierda de libro de autoyuda, las redes sociales, o... un reloj despertador.
-Que sea rápido- dije.
-Tranquilo, no te dolerá- respondió él.
Aquello me resultó excepcionalmente molesto. Tan molesto como un puto alien sin respeto por nada, una mierda de libro de autoyuda, las redes sociales, o... un reloj despertador.
Desperté en mi cama. Solo. Un único rayo de sol entraba desde la más remota y recóndita rendija de la persiana de mi cuarto, e iba a parar casual e improvisadamene a mis ojos. Miré el calendario. Era lunes. Era lunes y había salido el sol. Un lunes al sol.
Aporrearon mi puerta sin decir una palabra. Mi padre, para que me acueste. Agaché la cabeza, publiqué la entrada que me pareció absurda y con un final decepcionante, y me fui a dormir.
Raída
Abro los ojos. Media noche, el enorme jardín de una casita costera. Envuelto en oscuridad, cientos de estrellas me observan desde el cielo. El rumor de las olas. Un olor familiar.
A unos pocos metros más allá, una niña pequeña que, tumbada con su padre sobre el manto de hierba, mira al cielo imaginándose volar entre aquellas estrellas. Lleva su mano al infinito, tratando de alcanzarlas. Mientras, las estrellas se deslizan entre sus dedos, pacientes.
Ella cierra los ojos. Se deja soñar.
Los años pasan. La luz de los astros se extingue. El mundo le enseña el significado de la distancia. Ella mira al cielo, recelosa, convencida ahora de no poder alcanzar el firmamento con las manos. Temerosa de dejarlo marchar.
"Todos queremos que nos encuentren", y contigo, supe dónde debía buscar.
Deja que continúen deslizándose entre tus dedos.
Déjate soñar.
The Labyrinth of the Rates
No sabría decir cuánto tiempo estuve sentado en aquel lugar, apoyado en una pared de piedra, perdido dentro del laberinto. Después de lo que me parecieron horas de camino carente de sentido, decidí detenerme y esperar, sin saber muy bien a qué. Recordé los años en que era joven, enamoradizo e inexperto. Joven en el amor, enamoradizo en posibilidades, e inexperto en mí mismo. Lo tenía todo y creía no tener nada, o quizá no tuviera nada y creyese tenerlo todo... fuera como fuese, en aquel tiempo me envolvía la misma sensación de extravío, el mismo sentimiento de desorientación que experimentaba ahora en el laberinto. Cada elección que tomaba me conducía a un callejón sin salida, que me impedía continuar; y cuando volvía sobre mis pasos, no era capaz de reconocer el camino que me había llevado hasta allí. Entonces tan solo me quedaba detenerme y esperar, sin saber muy bien a qué, exactamente igual que hacía ahora. Nervioso, apoyé la cabeza en mis brazos y traté de relajarme, hasta tal punto en que caí dormido.
¿De dónde vienes?
De ninguna parte, siempre estuve aquí, mientras soñabas despierto. ¿No me viste?
Alguien corre. Llega tarde. Yo nunca llego tarde, es el mundo el que llega demasiado pronto. Para mí.
¿Y esas cajas? Todas llenas de espuma de embalar. No busques; vacías. Son para la mudanza.
¿Tú quién eres? ¿Yo? A mí no me conoces.
Desperté en mi cama. Solo.
Desperté en mi cama. Solo.
Desperté en mi cama. Me duele la espalda.
El 10% de una vida solo me dura 19 lunares. Uno tras otro tras otro tras otro.
Y solo escucho bla bla bla bla. Yo no Yo no Yo no Yo no.
Harás lo que se te diga.
No puedo respirar. No sé nadar a favor.
Yo ¿cuándo? ¿Yo siempre?
Cuando sepáis cómo me llamo.
¿Cómo me llamo?
Davidopo...
Olvídalo.
Cuando desperté había caído la noche. El cielo había oscurecido, y se había bañado de estrellas. Al bajar la vista, decenas de ojos me observaban desde las sombras de las paredes de ladrillo de aquel laberinto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
