Para ti

Podrías declararme tu amor escondido y rompedor en el "Diario de patricia", y podríamos hacer el amor por primera vez en el "Gran Hermano". Discutiríamos en "Sálvame" y nos reconciliaríamos en "Dónde estás corazón"; podríamos vivir en un pequeño pisito de "esta casa es una ruina" y crear nuestro palacio de enamorados con "Reforma por sorpresa". Irnos en "Pekín express" a ver mundo y realizar nuestro sueño, para contar nuestro idilio en "Callejeros", entrevistados en alguna de sus calles. Todo esto hasta que volvieras a sentirte lejos de mi y me llevaras a "De buena ley" a rendirme cuentas por tus años desdichados; entonces yo saldría en el "Telediario" de las doce de alguna maltrecha cadena donde anunciaran mi suicidio, para vagar por "Cuarto milenio" llorando mi pena por haberte perdido, durante toda la eternidad.

Por favor, apaga el televisor y ven a soñar conmigo.

Mensaje de Navidad

Y cual su majestad el Rey Don Juan Carlos hoy, el día de Nochebuena, os traigo mi particular discurso de Navidad. Si vais a leer mis lineas, hacedlo acompañados de la música que os traigo, sin duda alguna para mí, una de las mejores canciones navideñas que se han hecho hasta el momento (White Christmas.- The Drifters). A mis años, aún sigo acordándome de Kevin...y su estancia sólo en casa.




Me llena de orgullo y satisfacción haber pasado casi todo un año con vosotros (aunque mi primer post fue en mayo...), mis pequeñas almas descarriadas del mundo. Ha sido un tiempo de posts, unos más agraciados que otros, y algunos, ya os pido perdón, totalmente incomprensibles; casi un año escribiendo y volcando mis desperdicios mentales y mis iluminaciones en este pequeño espacio digital, para gusto y desgracia de los que lo habeis leído.
Por todo esto me gustaría dedicaros estos párrafos para felicitaros la Navidad, y desearos unas felices fiestas rodeados de vuestros seres queridos o, simplemente, de quien os de la gana, qué cojones.Esas madres histéricas de un lado para otro con la cena... esos padres que se ponen pesaos cantando villancicos a todas horas hasta que crees que te va a explotar la perola... esos hermanos que tan hábiles ellos, siempre logran escaquearse hasta la hora del papeo... esos tios y tias con dos copazos de más rememorando cuando eran jovenzuelos a las 4 de la mañana... primos pesaos que te aporrean la pantalla del móvil mientras te preguntan, "¿es táctil, es táctil? ¡lo era, joder, lo era!... las clásicas primas con sus cuartos empapelados de los Jonas brothers y un pavo más subido que el de la cena... en fin, adorables criaturitas.
Que os atiborreis a comer esta noche, que pa eso existen las cenas copiosas, ahí con sus langostinos, sus entrantes, sus primeros platos, su segundos, el tercero que te dice tu padre que no has comio na, que te echa más... el que te echa tu madre porque ha sobrao, el postre... los turrones, de los que os deseo que os pongais hasta el culo sin importar que os guste el de chocolate, el duro, el blando, los mazapanes o los polvo-rones.
Que os traiga muchas cosas papá Noél, si es que de verdad se pasea por el mundo repartiendo regalos e ilusión, pero no olvideis dejar la puerta del balcón cerrada porque si no se os congelarán los sueños esta noche. Si tiene que entrar, que se busque las castañas, el jodido gordo este. Que os lleneis del espíritu navideño, de ese que te hace la navidad superfeliz.
Como yo reboso espíritu, y del navideño más, me he permitido escribirle la carta al gordo por vosotros, y he pedido para todos, no creais. Para Belén he pedido un mini, pero no de calimocho, sino uno de esos con cuatro ruedas y un volante, que mientras se saca el carné, seguro que no le importa que lo use un servidor...Para MHKM he pedido 11.111 botes de salsa barbacoa, para sus múltiples comidas del año que viene, a ver si se anima y se invita a algo pa comé, el muy agarrao. Para damupi he pedido unos intermitentes para la vuelta de pedalín, y un injerto de pelo; y ríete tú de quien te llama calvo de mierda. Para Mars, si es que algún día se deja caer por aquí, he pedido un insecticida, por sus problemas con las arañas; no te preocupes, muchas patas y poca chicha...Para una chica que me escribió una vez bajo el nombre de Tania, he pedido una tele de plasma; no sé por qué, pero como creo que no volverá a pasarse por aquí, pos tendré que guardarsela yo también, muy a mi pesar... Y por último para todos aquellos anónimos de suelo adoquinado he pedido un poco de "donlimpio", pa dejar las baldosas blancas blancas como los chorros del oro, que ya estaban amarillas del tiempo que llevaban sin pasarles el trapo.

Muchas gracias a todos por estar ahí y compartir vuestros minutejos conmigo.
Pasad una nochebuena cojonuda y sed muy felices; ¡que se os quiere, joder, se os quiere!


Davidopoulos

En silencio

Escucha, ¿no lo oyes? Parece venir de lejos. Es un llanto. El sonido de un llanto desconsolado a modo de susurro. Cada vez se oye más nítido. El palpitar del corazón; el fluir de la sangre en las venas. Se acerca. El sonido de pasos que se alejan de él. Corren, se esconden. La melodía de las lágrimas golpeando el suelo embruja mis oidos y mi mente. Y de repente silencio. Abro los ojos, húmedos.

Escucha, ¿no lo oyes?

Cinco años en Oporto (V)

CAPÍTULO 5

Podría deciros que aquella noche dormí mejor todas las anteriores; podría deciros que sentía pena por marcharme de allí después de tanto tiempo; podría deciros que no echaba de menos nada de lo que dejé aquí; pero os estaría mintiendo. Aquel día simplemente no me levanté de la cama para bajar a desayunar porque no me salió de los testículos; ni a mí, ni a mi compañero de habitación. Era el día en que debíamos recoger para volver a casa, y decidí emprenderlo sin haber desayunado, pero con 30 minutos más de sueño en el cuerpo para mantenerme despierto y no perderme de camino a casa. Había llegado la hora de buscar las miguitas de pan que dejé a la ida.

Nos levantamos a las 10 y media de la mañana, y pronto recibimos la noticia de que había que dejar la habitación a las 11, así que nos pusimos a recoger a toda máquina para que no nos cobrasen un día más de alojamiento. Lo cierto es que fue bastante entretenido porque íbamos todos de un lado para otro, de habitación en habitación, recogiendo todo lo que teníamos desperdigado o, simplemente, para reirnos un rato. Recogí mis cosas en un par de minutos, y fui a la habitación de unos amigos donde me quedé hablando con ellos. Allí nos avisaron de que la dueña del hostal nos dejaba una hora más para marcharnos, que podríamos irnos a las doce si queríamos. Con esto se dio por cumplido el último deseo que le habíamos pedido al hostal mágico, y en cierta medida nos arrepentimos de no haber pedido un millón de euros; la avaricia rompe el saco, pero mi maleta era nueva y seguro que habría aguantado con eso y con mucho más. Casi fue lo mejor del viaje: mi maleta nueva. Me la compré con una amiga y me juré y me perjuré que sería mi maleta de los "muchos viajes" que aún me quedaban por hacer.
Nos fuimos del hostal, al que le dediqué una mirada compasiva; de algún modo supe que no podría olvidar aquel lugar y aquel viaje, por mucho que renegara de él; "hasta de los malos viajes se sacan buenas conclusiones" me dijo una amiga una vez; hasta cuando no te lo parece, idiota, sigues teniendo razón. Caminamos con las maletas y su traqueteo por toda la calle principal, con la vergüenza que eso me hace pasar; odio que la gente se me quede mirando cuando paso como su fuera un turista "despistao", pero sobre todo lo odio cuando lo piensan y no lo soy. Fuimos en metro hasta el aeropuerto, y una vez allí hicimos nuestra particular comida. Un bollo de chocolate, patatas fritas con philadelphia y un par de trozos de pan fue lo que comí aquel día, con la siempre presente idea de los filetes con patatas de mi madre. No fue una gran comida, aunque he de reconocer que las patatas fritas con philadelphia tenían algo especial, algo que he de agradecerle a un supermejoramigo mío, que fue el que inventó la novedosa mezcla explosiva. Fué él mismo con quien recorrí, montado en uno de los carritos para llevar el equipaje, buena parte del aeropuerto de Oporto mientras íbamos saludando a las recepcionistas que se reían a nuestro paso. Tengo que mencionar también a otro amigo mío, con el que estuve charlando y dando una vuelta por el aeropuerto; gracias por hablar conmigo también de ti; dar y recibir, hace a uno sentirse vivo.

Una vez en el avión me senté dos sitios más allá de donde tú estabas. Nada entre nosotros había cambiado; todo fue igual que como si no hubiéramos tenido aquella conversación. No esperaba que cambiase, pero a veces me gusta guardar cierta ilusión porque el mundo me depare algo que no esperaba; hoy todo estaba en el plato del día, y la carta estaba fuera de mis posibilidades.
Cerré los ojos durante un par de minutos y creí haberme dormido. Cuando desperté, ya casi habíamos llegado. Caminamos por la larga T1 hasta llegar al metro, y un par de estaciones más allá nos despedimos todos. Nos dimos dos besos y bajaste de aquel vagón. Contigo se fueron aquellos cinco años; contigo se fue mi necesidad por ti; contigo se fue mi ansiedad, mi nerviosismo, mis falsas esperanzas de volver a encontrar a la chica que hacía tanto que no veía; se fue mi impotencia de no encontrarla, y se fue la amargura de haberla perdido. Cruzaste el andén llevandote éstas, mis últimas lineas; las últimas para tí.

En cuanto las puertas se cerraron miré a mi alrededor y supe, que en ese instante, había vuelto a casa.

Cinco años en Oporto (IV)

CAPÍTULO 4

Por primera vez desde que estás en Oporto no te despiertas sobresaltado; los golpes en la puerta retumban en tu cabeza avisándote de que ya es la hora de bajar a desayunar. Pero tú hoy no estás por la labor. Te giras e intentas volver a dormir desesperadamente mientras oyes cómo tu compañero de habitación expresa su negativa a bajar al comedor en forma de ronquidos. La conciencia de una mañana de ayuno no te deja dormir, y junto con tu colega bajas a toda prisa al comedor justo cuando el reloj toca la hora límite. Obviamente ya no queda nada y, si te descuidas, nadie. Aquella mañana desayuné un vaso de leche con pseudo-colacao y un pedazo de pan; eso es innegable hasta para el mayor criminal.

Aquella mañana fuimos al puerto, a ver la zona del paseo marítimo, aunque también os digo que no es algo espectacular. Tardamos una eternidad en llegar hasta la costa desde el centro, donde estaba nuestro hostal, ya que el metro hace las veces de lo que aquí en Madrid es el "metro ligero", y en su camino por las calles tiene unas cuantas paradas que alargan la espera. Comimos nada más llegar, ya que todos tenían hambre y en Portugal se come a la una de la tarde. Como era obligación, pasamos a un restaurante y la mayoría de nosotros pedimos pescado, que es lo típico y supuestamente lo más rico si estás al lado de un puerto. Tardaron en servirnos cerca de 50 minutos; y claro, los portugueses son más calmados; pero no intentes que 10 españolitos esperen pacientemente sentados a su mesa sin armar bulla y quejarse sobre todo si están hambrientos. Yo pedí merluza, ya que no encontré otra cosa mejor, y la verdad es que estaba bastante buena y era un restaurante de estos que no te dejan el plato a medio llenar. Aquí no acabó la cosa ya que intentaron cobrarnos un plato de más que no habíamos pedido, y nos metieron 26 panes en la cuenta, que no dudamos en reclamar. Nos dieron la factura hasta tres veces, y en la última nos apuntaron el dinero en un papel suelto para que no pudiéramos volver a decirles nada.
Estuvimos andando por la playa el resto de la tarde, y espantamos a las gaviotas que se apostaban en las rocas. Se notaba que había más o menos gente visitando aquella zona de Oporto, y no andabas 10 minutos sin cruzarte con nadie que no hablase español. Estuvimos un buen rato sacándonos fotos, y eso teniendo en cuenta que odio sacarme fotos, y cogimos el autobús para volver al hostal.
Nos pusimos guapos y fuimos otra vez al Chimarrao, porque coincidía que era el cumpleaños de uno de nuestros amigos, y le íbamos a invitar a cenar. Le ridiculizamos un poco delante de todo el restaurante cantando el cupleaños feliz como es natural en estos casos, y nos pusimos como cerdos de grasa. Me lo pasé especialmente bien con un amigo mio, que estuvimos pasándonos comida de un plato a otro toda la cena; actuamos como cerdos, y eso para mí es sentirme en mi salsa, como volver por un segundo a casa.
Volvimos al hostal y continuamos nuestro ritual de jugar a las cartas. Esta vez habían comprado mucho vino, y había que beberselo porque sobraba. Yo aprendí a no beber en las situaciones difíciles, y a mantener la cabeza fría. No he escrito nada sobre ella hoy porque quería llegar a este lugar; fue esta noche cuando viví uno de los momentos más "reveladores" de todo el viaje, y que más me marcarían después.
Empezamos jugando a las cartas en la habitación de unos amigos como cada noche. Tú estabas sentada en la cama como lo estabais todos, y yo me quedé en una especie de mueblecito porque no entrábamos en los dos colchones. Mi asiento era más alto y estaba muy cerca del borde de la cama. A los pocos minutos vieron un bicho, un ciempiés de lo que debía ser dos metros de largo, a juzgar por la reacción de todos los que llegaron a verlo. Tú saltaste encima de la cama y te pusiste de pie, y decidiste no bajar hasta que le hubieran dado muerte. Movieron las camas y levantaron los colchones; fuiste pasando de uno a otro según los quitaban, para no tocar el suelo. Todos estaban de broma, pero yo ya estaba algo cansado. Cuatro días allí eran mucho para mí. Estar contigo durante el día y sentir que evitabas el momento de encontrarnos, ver cómo hablabas tan amistosamente con todo el mundo y reías disfrutando de cada segundo mientras yo fingía que no me importaba, era algo que me quemaba cada día más. Demasiado tiempo viendo llegar las noches con su ritual, hora tras hora, manteniendo una falsa sonrisa de felicidad. Demasiado.
Empezaste a girar sobre tí misma, y aquel amigo tuyo empezó a cantar como si estuvieses bailando un vals; movidos por el ambiente de fiesta del momento, el chico subió a la cama y empezó a bailar contigo allí, en tono de risas, mientras yo permanecía sentado a escasos dos palmos de vosotros. El tiempo se detuvo y se hizo el silencio. Entonces alcé la vista y te vi allí, sonriente, mientras bailabas despreocupada con aquel amigo tuyo que había hecho tantas veces de apoyo para tí. La escena bien podría perecer de burla y sátira, estabais justo en mi cara, a modo de reprimenda por haber roto lo que teníamos, pero lo peor es que no era así. Desee haber sido yo aquel que hubiera podido estar allí contigo. Comprendí que cada acto tiene sus consecuencias, que cada palabra que decimos cuenta y que en ocasiones vale la pena pensar dos veces las cosas antes de moverse sin cabeza. Allí estaba yo, sentado en aquel mueble viejo de un hostal en medio de Oporto cuando me dí cuenta de que te había perdido. Aquello lo había causado yo, de aquel colchón había bajado yo solo. Sentí los ojos de muchos en aquellos instantes, y unos segundos después todo terminó. La "fiesta" siguió como si nada, y mataron al bicho que, sin quererlo, me había otorgado una de las mayores revelaciones de esos días.
Un tiempo después todo hubo terminado, y los que quedabamos sin querer acostarnos (yo uno de ellos, cómo no) seguimos hablando en mi habitación. Tú decidiste acostarte, y te fuiste sola a tu cuarto. No sé si en realidad aquel hostal era mágico o no; no sé si concedía los deseos, o te daba el valor de hacerlos realidad, pero lo cierto es que después de todo aquello, no podía acostarme sin el abrazo que me había prometido a mí mismo.

Bajé las escaleras y temblando llamé a tu puerta por primera vez, pero no contestaste. Me di la vuelta con una mezcla de alivio y tristeza, y justo cuando iba a volver a mi habitación me paré en seco. Pensé en pronunciar tu nombre para que supieras que era yo el que llamaba a tu puerta. Dudé un segundo, y volví a bajar los escalones. Esta vez me contestaste desde dentro, y me abriste la puerta. De lo que en ese cuarto se habló, no será contado en este blog; eso se quedará en tu recuerdo y el mío. Tan sólo diré que allí reconocí a la chica de la que me había enamorado tiempo atrás, y supe que quizá, aunque pudiera ser sólo por el momento, y aunque ahora la necesitase más que nunca, ella no estaría allí para mí. Siempre pensé que las lágrimas purificaban el alma, y yo hice la penitencia de mi juventud en aquella habitación.

Volví a mi cuarto minutos después con un gesto de alivio. Necesitaba aquel tiempo contigo, y no podía irme de allí sin él. Recogimos lo poco que quedaba de comida y bebida y nos acostamos. No mencioné una palabra de lo que había vivido, y mi compañero creyó que era justo que me lo reservase. Pedimos nuestro último deseo, que fue poder abandonar la habitación una hora más tarde, a las doce, y cerramos los ojos para dormir. No recuerdo lo que soñe aquella noche, pero por fin tuve la sensación de que todo aquello había valido la pena; sólo por ti.

Cinco años en Oporto (III)

CAPÍTULO 3

Una noche más despiertas atropelladamente envuelto en sueños premonitorios; sigues sin reconocer la habitación donde te encuentras, quizá movido por tu deseo de volver a casa, mientras los ronquidos de tu compañero te devuelven a aquel hostal portuense. Unos golpes en la puerta indican que ya es hora de bajar a desayunar, y enfundado en unos vaqueros roídos y un forro muy característico de tu persona, te dispones a bajar al comedor acompañado de la mala leche que te persigue por las mañanas.

Lo cierto es que era tarde, y cuando bajé ella ya no estaba allí. Me senté corriendo en la esquina de una mesa donde estaban mis compañeros y cogí lo mismo que había desayunado el día anterior (aunque lo cierto es que no había más para elegir). El caprichoso destino hizo que mientras yo iba a sentarme acompañado de mi vaso de leche con pseudo-colacao, mi amigo diese un giro inesperado de hombro y la leche se derramase por toda la mesa y la silla donde iba a aposentar mi culo, bañando además a uno de mis colegas. Me disculpé como pude, y la mujer de la limpieza del hotel se encargó de reprenderme mentalmente dedicándome una cara de incipiente sentido del asesinato. Desde aquí le pido perdón a la mujer, ya que además de llenarle la silla de leche, he de reconocer que bajamos muy tarde a desayunar y seguramente la hicimos quedarse allí más tiempo del debido. Aún con todo esto, me senté en otra silla y terminé de desayunar, al tiempo que mi compañero de habitación iba a saludar a sus dos nuevas amigas a estrenar (las dos chicas de la botella de la noche anterior).

Esa mañana no me duché como a mi especie porcina caracteriza, y acompañé a un amigo a hacer un recadillo por la ciudad, yendo de un lado a otro preguntando a los lugareños por un cibercafé. Dimos un millón de vueltas por un centro comercial durante más de 20 minutos, llevados por las señas de una chica portuguesa muy maja a la que no entendimos, hasta descubrir que nos había guiado a un puestecillo diez metros más allá de dónde ella trabajaba. La preguntamos por un cibercafé, y se nos quedó cara de tontos al pasar a la cafetería donde nos había llevado. Mi amigo y yo nos miramos, y caímos en la cuenta de que la chica no sabía lo que era un cibercafé y nos había guiado hasta un "café" a secas. Hay veces en que en las cosas más tontas descubres un mundo en lo que pensar; aquella chica y su manera de actuar fue algo que me traje de Oporto y de lo que ya os hablaré, aclarando a todas aquellas mentes débiles qué es lo que se oculta detrás de este gesto.
Volvimos al hostal justo a tiempo para salir con todos hacia las orillas del rio Duero. Esta es la parte donde hago propaganda de la ciudad, ya que sí que os puedo decir que toda aquella parte de Oporto es preciosa, y el puente de Eiffel una parada imprescindible a todo el que haya pasado cerca de la ciudad lusa. Pasamos a una iglesia enorme y bajamos por una callejuelas empinadas y llenas de gatos. Recuerdo aquella iglesia con cariño, ya que fue donde mantuvimos nuestra primera conversación del viaje; apenas un par de frases tuyas bastaron para alegrarme la mañana.
Comimos en una especie de restaurante-burguer, muy económico pero poco turístico. Nos volvimos a cruzar un par de veces con las dos chicas y el chico de la noche anterior, que aparecerían de forma intermitente durante todo el resto del día, muy a pesar de muchos de nuestros compañeros/as, a los que no les caían en gracia. Callejeamos lo que no está escrito por cuestas y callejuelas para visitar la bodeda "The Croft", donde nos dejaron degustar un vino muy aclamado por todos los que allí estaban, pero que para alguien a quien no le gusta el vino como a mí, no fue más que una copa de un licor dulzón. Cansados de viajes volvimos a nuestro hostal y a nuestra rutina nocturna.

No es que aquella noche me gustara, y eso después de haber cenado pizza en un restaurante italiano, es que creo que no fue tal "mala" como el resto de noches que allí pasamos. Hicimos la quedada en mi habitación, ya que era la más grande y tenía tres camas, pero apenas duró 30 minutos, ya que hubo gente que se fue en seguida y gente que ni siquiera apareció. Yo sentí que era por mi compañero, que no despertaba la simpatía y el agrado de muchos de los que estaban allí, y bien me pareció que no era como para poner pies en polvorosa aunque sólo fuese por pasar un rato todos juntos. Mencionaré que la actitud de muchos me disgustó esa noche, y la de otros cuantos, me dejó mucho que desear.
Cuando la fiesta había acabado, mi frustrado compañero salió en busca de sus dos chicas para llevar a cabo la proeza que había prometido la noche anterior de abrir una botella de vino con una zapatilla. No sé si fue malo o bueno que el corcho saliera de la botella de vino barato portuense, pero lo cierto es que consiguió abrila a leches, e invitó a las chicas y al chico a jugar a las cartas a nuestra vacía habitación esa noche, ya que sólo quedábamos él, otro amigo nuestro y yo. Vinieron los tres, y yo estuve un rato jugando con ellos aunque ni mi estado de ánimo ni mi cabeza estaban allí con esa gente. Tú y unos cuantos más os habíais quedado jugando en la habitación de al lado, porque decíais que no teníais ganas de estar con aquellos huéspedes, que habíais ido allí a pasarlo bien con vuestros amigos, y que no os apetecía estar con nadie más. Un pensamiento un poco cerrado, pero lícito en cuanto a contenido. Yo fuí y vine un par de veces de habitación en habitación, ya que no quería que mis dos colegas sintiesen que les había dejado solos. Esa noche me importaba todo bastante poco; simplemente me sentía mejor conmigo mismo por las pocas frases que me habías brindado, y por una pequeña conversación íntima que tuvimos, aunque no fuese nada alentadora. Había hablado contigo para luego perder el norte, y mandar a la mierda a un mundo en el que me tocaba vivir sí o sí, al menos claro está, hasta que pudiese volver a casa y refugiarme allá donde no pudieseis verme.
Quedé bastante mal con las chicas que todo hay que decirlo, se fueron en seguida, ya que ni siquiera me despedí de ellas, y eso teniendo en cuenta que no eran mala gente. Me dediqué a pasearme y correr por los pasillos haciendo el idiota, en un despreocupado intento de quemar mi estrés, para caer de nuevo en la cama escuchando cómo mi amigo no entendía por qué no se habrían quedado más aquellas muchachas. Se había cumplido su deseo, había tenido dos chicas pseudo-borrachas en la habitación aquella noche, tan sólo que lo había expresado mal. Fuera lo que fuese, los deseos se cumplían, en mayor o menor medida, lo que hizo de aquel hostal algo sobrenatural a partir de ese momento.
Mi compañero sabía de mi aflicción contigo, así que me dejó a mí pedir el siguiente deseo; recuerdo mis palabras textuales; deseé un abrazo tuyo, una amistad renovada entre tú y yo. Tú fuiste mi deseo aquella noche, y aunque la luz estaba apagada y la oscuridad lo envolvía todo, permaneciste delante de aquel velo negro clavada en mi mente, hasta que logré perder la conciencia.

Nota

Antes de continuar con mi relato, siento que debo dirigirme a todos aquellos que vinieron conmigo a Oporto y pedirles perdón por mis lineas. Quiero aclarar que en ningún momento están escritas en tono de reproche; que valoro enormemente el tiempo que he pasado allí con ellos y cómo se han portado conmido TODOS Y CADA UNO DE LOS QUE ALLÍ ESTUVIERON. Sé que mi visión puede resultar muy pesimista, pero es producto únicamente de cosas que allí viví enlazadas con antiguos errores cometidos en el pasado. Por esto quería justificar mi comportamiento y mis palabras, y daros las gracias por los cinco días que compartimos juntos. Quería pedirte disculpas en especial a tí, y decirte que sé que no te fue fácil de llevar al igual que no lo fue para mí, pero que comprendo este relato como una forma de desahogarme de todo eso que aún hoy llevo dentro; espero que sepas entenderlo.

Ya te lo dije, chico; mereció la pena.

Cinco años en Oporto (II)

CAPÍTULO 2

Abres los ojos y no puedes evitar el sobresalto al no reconocer el lugar donde estás; has pasado la noche entre sueños que no logras recordar, y extrañamente tienes la sensación de que cada uno de ellos te ha acercado más a casa para devolverte de golpe a aquel hostal. Tu compañero de habitación profiere ruidos incatalogables que te sugieren que ya es la hora de levantarse si quieres desayunar. He de reconocer que el muchacho se portó bastante bien durante toda nuestra estancia allí, y que aunque nunca nos hemos llevado especialmente bien, aquello hizo las veces de una palpable amistad.
Bajas las escaleras después de que tus compañeros hayan aporreado la puerta de tu habitación y entras al comedor; no era una sala excesivamente grande, pero lo cierto es que era muy cómoda y agradable. En el centro de la sala había una mesa redonda con pequeños panes que tenían lonchas de queso para acompañar, bollos con azúcar, y cola cao. En una especie de barra a parte había leche caliente, café, vasos, tazas y cereales; y en las mesas dispuestas para los comensales había monodosis de mantequilla y mermelada. He de reconocer que no soy de buen despertar, y conmigo no se puede tener conversación por la mañana, pero agradezco al compañero que se sentó con nosotros su amabilidad a esas tempranas horas. Ella entró en el comedor mientras yo estaba de pie, y nos saludamos con un "buenos días". Lo peor de aquello fue ver cómo se acercaba a hablar con todos mis compañeros saltándose la mesa en la que me encontraba, mientras yo disimulaba como si no me importase no dirigirme a ella aquella mañana.

Me duché en una resbaladiza bañera, cantando canciones de los mojinos y me vestí para el día que teníamos por delante; no puedo olvidar mencionar las zapatillas húmedas y frías, producto de un largo día anterior de turismo, que me vi obligado a ponerme ya que una noche pegadas a la estufa no fue suficiente para ellas. Esta vez tocaba ir al "Estádio do Dragão" y dar una vueltecilla por allí cerca para pasearnos más tarde por el centro y ver lo que por allí se consideraba más o menos turístico, estando todo esto claro está bañado por nuestra querida lluvia portuense. Siento ser tan poco explícito en mi relato, pero si os soy sincero y a fuerza de que os pueda parecer más o menos "triste" ni siquiera sé cómo se llaman la mitad de los lugares en los que he estado... mea culpa. El caso es que paseamos por los alrededores del estadio y pasamos a comer a un centro comercial que está justo al lado. Chimarrão se llamaba el buffet al que entramos, y en el que nos faltó poco para ser víctimas de una más que placentera "intoxicación cárnica"; todo muy bueno y muy grasiento, muy típico dicen, de Brasil. Para aquellos que no lo hayais probado, hay uno en el centro comercial Xanadú, por si quereis comer como cerdos hasta el punto de no poder respirar.
Después de comer y haber estado reposando debidamente la comida, seguimos nuestro camino por Oporto. Como la lluvia no nos dejaba ver nada que no estuviera a un palmo, tuvimos que refugiarnos en un museo de fotografía, de entrada gratuita, donde pude quitarme los dos pares de calcetines mojados que tenía adheridos a los pies. Lo malo de esto fue que no contaba con que debía volver a ponérmelos minutos más tarde, y la sensación fue la de introducir mis juanetes en una pecera llena de agua fría. Decidimos volver al hostal atravesando los riachuelos de agua que se habían formado en las calles de Oporto. No puedo seguir mi relato sin agradecerte las escasas palabras y frases que me dedicaste en el vestíbulo de aquel museo que no vi, y aprovecho para decirte que si no lo vi, si no me moví de aquel banco para visitar sus galerías, fue porque tú decidiste quedarte allí sentada; porque me obsequiaste con una sonrisa a una de las múltiples payasadas que hice para llamar tu atención, aunque rieras sin mirarme a la cara; la simple idea de tu amistad bien me valía un millón de museos como aquél.

Llegamos al hostal no sin antes hacer una parada por el "Día" de la vuelta de la esquina, en el que compramos embutido y pan para cenar, así como botellas de vino con las que mis compañeros decidieron hacer botellón. No es algo que me disguste lo de hacer botellón, aunque debo confesar que yo no bebo porque no me llama la atención y el vino ni siquiera me gusta; me alegro de no haberlo hecho porque la noche con dos tragos de más habría sido peor de lo que me habría cabido esperar.
Pasamos el resto de la noche jugando a las cartas, como no; tú estabas muy animada y no hacías más que reir y hacer bromas con todos los que estaban allí, menos con uno. Diste muchos abrazos a aquel amigo tuyo que estuvo a tu lado cuando rompimos, y te dejaste querer por algún otro que te ofreció su sitio para que te tumbases, aunque hubieras rechazado mi ofrecimiento primero. Esto lo voy a contar porque me dolió bastante y, como es mi blog, descargo mi frustración en él. Yo estaba sentado a tu lado mientras tú decías que te dolía la espalda -normal, llevábamos allí ya tres horas jugando al puto juego de las cartas del que yo estaba hasta las pelotas- así que te dije que si querías tumbarte y apoyar tu cabeza en mi pierna; dijiste que no, y rechazaste además tumbarte sin apoyar la cabeza; después de año y medio juntos, aquello era lo mínimo que podía ofrecerte. En esto que yo estaba meándome, pero había otro chico del que apostaba medio brazo me mangaría el puesto si me movía, así que aguanté estoicamente como un machote. No recuerdo cómo fue pero se me debió escapar que me meaba y el chaval que coincidía con el bruto del grupo me levantó literalmente de mi asiento para dejarme en la puerta del váter. Cuando volví había otro tio donde debía estar yo, y tú parecías no tener tanto reparo en apoyar tu cabeza sobre su rodilla. En esos momento a uno y a su buena fé se le queda cara de gilipollas, así que cogí el papel higiénico y me dispuse a irme a cagar a otra habitación aunque no tenía ganas. Era una escusa barata para poder enviar un sms a quien más echaba de menos, aunque me salió mal porque me dejé el movil en la habitación de los horrores de donde acababa de salir. Como ya estaba dispuesto, defequé en aquel lugar y he de decir que me quedé bastante satisfecho con mi acto, ya que mis últimas visiones habían conseguido reactivar mi maltrecho flujo intestinal. Cuando volví a la habitación aproveché la primera distracción del chico para regresar a mi sitio, y poco después se acabó la "fiesta" y cada uno se acostó en su cuarto.
Hubo un chaval que se acercó a mi y estuvo hablando conmigo; él es otro de los compañeros de piso de ella, y le agradezco enormemente el gesto que tuvo conmigo. Me dijo que "se me veía en la carita" todo lo que estaba pasando, y me brindó la ocasión de desahogarme de todo lo que llevaba dentro. Una de esas personas que están allí para todos, y que luego se quedan solas al no encontrar a nadie que esté allí para ellos; prometo desde aquí intentar no olvidarte.
Antes de acostarnos estuvimos hablando con unas chicas y un chico de un par de habitaciones más allá. Ellas no podían abrir una botella de vino porque no tenían sacacorchos y el lumbreras de mi compañero las dijo que podía abrir una botella con una zapatilla, que lo había visto en youtube. Los inquilinos del hostal se quejaron porque eran las 12 de la noche y estábamos hablando en el pasillo, y muy a pesar de mi amigo y sus ansias de mojar, cada uno se fue a su habitación. La noche anterior pasamos algo de frío aún a pesar del aire acondicionado, así que nos prometimos que esa noche dormiríamos con estufa; dicho y hecho ya que la mangamos de la habitación de unos colegas. Fuera lo que fuese, nos hicimos la ilusión de que el hostal era mágico y que concedía deseos a sus huéspedes. El deseo de esa noche lo pidió mi amigo, y era el tener a un par de borrachas en la habitación, como disfrute de su testosterona.
Sin más cerré los ojos y pedí al dios del tiempo que se apiadase de mí e hiciese correr más rápido las manecillas de mi reloj, de aquellos días eternos que me tocaban vivir.

Cinco años en Oporto (I)

Bien está lo que bien acaba dice el refrán, aunque no seas capaz de diferenciar lo que es bueno de lo que es malo.


CAPITULO 1

He pasado lo que me han parecido haber sido años en la ciudad lusa de Oporto, conviviendo con mis compañeros de universidad, visitando monumentos y compartiendo experiencias. Desde el primer momento en que pusimos un pie en aquel lugar, fuimos víctimas del mal tiempo. Dos largos e interminables días de lluvia nos esperaban para "pasar por agua" nuestro afán de turismo.
El primer día llegas descolocado a eso de las 9 de la mañana, atrasas el reloj una hora por aquello del "allí donde fueres haz lo que vieres", y te dispones a recorrer media ciudad en subterráneo para llegar hasta tu hostal. Del metro de Oporto decir que no tiene torniquetes para acceder al andén, así que la mitad de los viajes he de confesar no haberlos pagado, y aún después de todo, no arrepentirme de haberlo hecho.
Una vez que sales del metro, te das de bruces con las muy seguramente desafortunadas condiciones climatológicas del día que has elegido para viajar: una incesante y, por qué no decirlo, estresante lluvia, muy en términos turíscos, te recuerda que deberías haber cogido un par de zapatos de más para viajar. Callejeas gracias a google, y encuentras tu hostal. Una mujer muy maja que no sabe español, ni falta que la hace siendo portuguesa, te explica muy amablemente que no puedes entrar a las habitaciones hasta las 3 de la tarde. Obviamente dejas los trastos y vas a dar una vuelta por la ciudad, siempre acompañado de tu guía turístico climatológico.

El centro de Oporto no es un lugar especialmente bonito; no impacta por ningún motivo arquitectónico en especial, y si comparas sus calles con las de Madrid te das cuenta de que las comparaciones son odiosas de verdad. Después de haber visitado el centro turístico de la ciudad en busca de un plano en condiciones, y de haber comido patatas fritas y mañanitos como sustento principal del día, regresas a tu hostal y entras a tu habitación. Todo muy limpio y muy apañao, con aire acondicionado, televisión analógica y por supuesto cuarto de baño en cada habitación.
Era un hostal de cuatro pisos, en el que toda la cuarta planta era hostal fantasma con habitaciones quemadas y sucesos fantasmagóricos. En la tercera planta, además, había un pasillo muy estrecho con una puerta sin pomo escondida de las demás, haciendo una clara alegoría a la película del resplandor. En mi habitación no había televisión, motivo por el cual no dudamos en robarla de aquella que encontramos más a mano, para al menos fardar de medios cuando volviesemos a madrid.
Hay un momento personal justo en los instantes posteriores a que te den la habitación, en el que te tumbas boca-arriba en la cama y no puedes evitar pensar "y yo qué demonios estoy haciendo aquí" y, así como podías imaginarte, nunca alcanzas a encontrar la respuesta. Miras el reloj y lo que en casa habrían sido 45 minutos, en Portugal se traducen en cinco. Tienes la sensación de que el tiempo no pasa, que los días son eternos y que aquella primera jornada no se acabará nunca; y eso unido al hecho de que te has levantado a las 5 de la mañana para ir al aeropuerto hace que con el tiempo que llevas despierto, en tu vida normal habrían pasado ya dos o tres días. Cuando pasan las 6 de la tarde vas a cenar dando una vuelta al primer centro comercial que encuentras, y comes aquello que te permite el ajustado presupuesto del que dispones.
La gente está de buen humor, y haces bromas porque te sientes medianamente, y digo bien, medianamente agusto con todo el mundo, aunque haya cosas que te gustaría que fueran de otra manera. Me faltaste desde el primer momento, aunque no esperaba que estuvieras allí desde que cogiésemos el avión. Tu interminable día llega a su fin con dos largas horas jugando a las cartas, donde tu aburrimiento crece, tu paciencia se agota y tu fijación por ella te golpea repetidamente en la cabeza acompañada del sonido de la cadena del vater mientras ves cómo la complicidad de un año de relación rota se va alejando por las cañerías. Ella lo superó pero tú no, y ahora debes pasar lo que parece ser demasiado tiempo mirándola de reojo en busca de una sonrisa.

Es entonces cuando por fin te acuestas, cierras los ojos en aquella habitación mientras te encuentras tapado por mil mantas y comprendes arropado por el silencio de la noche que fue un error haber ido.

De vuelta

He tenido un sueño. He soñado que me iba lejos de aquí a un país donde no había estado nunca; que reía, lloraba, disfrutaba y padecía. He soñado que el mundo se alejaba y se ponía del revés; que volvía al pasado y no lograba mirar al futuro.
Y mientras soñaba el tiempo se detuvo; allí pasé cinco días, pero creí haber vivido años.

¿Os cuento mi sueño?

Tetris.-Linea 3


Davidopoulos            dice:
*no lo ves?
*el tetris
*el sentido de la vida
*van apareciendo piezas que tienes que encajar
*y haces lineas
*y avanzas de nivel
*pero si dejas huecos vacíos tienes que arreglarlos más tarde

   *******     dice:
*pos ponte a hacer lineas

Davidopoulos            dice:
*y a veces haces grandes bloques
*pero necesitas el palo largo
*la pieza que falta para que todo encaje
*unas veces viene
*y otras, para cuando viene
*ya es demasiado tarde
*te despistas y pum
*puedes perder la partida
*no lo ves?
*todo encaja

   *******     dice:
*mm buena metáfora
*casi como las mías
*qué coño
*como las mias
*ale
*vas aprendiendo


Davidopoulos             dice:
*y la música
*se repite continuamente
*hasta la música lo dice
*es el reto
*como la vida
*hasta cuando pierdes sientes la misma impotencia
*intentas colocar las piezas aunque vayan demasiado rápido para ti
*sabes que está perdido pero las acumulas a los lados
*pero sin cabeza nada encaja
*nada encaja, joder!

   *******     dice:
*y eso nos lleva a?

Davidopoulos          dice:
*se acaba la partida
*nadie es capaz de encajar todas las piezas
*cada vez van más rápido
*y pierdes
*funciona así
*al final, se acaba la partida
*no se puede "ganar"
*pero no importa que hayas perdido
*sino los puntos
*sabían que ibas a perder